Un cuento de navidad

 

Los invitamos a escuchar/ver este audiolibro basado en el magnífico relato “Mateo, dos, dos, guión, cuatro (Un cuento de navidad)“ del bucanero-crononauta-místico de la ciencia ficción colombiana —para el mundo y el multiverso— el extraordinario y mítico René Rebetez (1933-1999); obra concebida junto con el equipo de los Rockylunarios y realizada por el Colectivo 4L3PH. Que lo disfruten, compartan y, por favor, los invitamos a solidarizarse de corazón para apoyar a la esposa de René Rebetez, Luisa Mercedes Canencia Britton, quien junto con su familia, se vieron afectadas perdiendo todo por el paso del huracán Lota, por la isla de Providencia, afectando la casa y las pertenencias que compartieron con el maestro Rebetez. Esa es nuestra intención al crear y compartir este trabajo, de cara a apoyar a la familia, y para seguir preservando y divulgando la vida, cosmovisión y obra del grandioso maestro colombiano René Rebetez, que sigue resistiendo ante los vientos del olvido!!! Muchas gracias, y desde ya, una feliz navidad!!!

Agradecemos a Luisa Mercedes Canencia Britton, por la autorización para la divulgación de dicho material; aquí están los datos para quienes deseen y puedan solidarse con ella y su familia:

Cuenta de ahorros del Banco de Bogotá: N. 674007810
A nombre de Luisa Mercedes Canencia Britton

Narrado, musicalizado y producido por Nelson Vera (M0H4N) en colaboración con el equipo de los Rockylunarios; Montaje y video por Lynda Evelyn. Creación transmedia y realización general, Colectivo 4L3PH.

Mateo, dos, dos, guión, cuatro -Un cuento de Navidad-

Gyord sabía que ellos creían ser lo que no eran. Siempre, en la misma época cada año, se preguntaban el porqué de todo aquello. Y ese día de diciembre del año innumerable su inquietud fue más grande, pero guardóse muy bien de traslucirla.

Despertó bien dispuesto. Como responsable de aquel grupo, su deber era llevar a cabo el trabajo a buen término. Sabía punto por punto lo que tenía que hacer: comprobó el buen estado de sus miembros y a manera de ablución, tras el prolongado sueño lavó sus extremidades con aceite detergente y ejecutó la gimnasia ritual: sus miembros de desperezaron hasta recuperar la elástica movilidad perpetua. Giró sobre sí mismo repetidas veces hasta asegurarse del buen comportamiento del giróscopo craneano y revisó con cuidado, uno por uno, los circuitos servomotores y su cámara de retroalimentación. Al mismo tiempo que movía rítmicamente sus articulaciones Gyord musitaba una oración: la remota tradición requería ese ritual en momentos muy precisos: al despertar del largo sueño, antes de empezar el trabajo, antes y después de ingerir el alimento, al tomar una decisión no programada y al tornar a dormir, la letanía debía ser repetida fielmente, ciñéndose a las reglas marcadas indeleblemente en su interior.

Gyord había intuido que todo esto formaba parte de su manual de mantenimiento. Con la seguridad de alguien que sabe lo que hace, se dirigió a los controles y apretó los contactos uno y dos. La cúpula de la Torre de Control tornóse súbitamente transparente, lo suficiente para dejar ver el espacio exterior, por entre el polvo acumulado durante el año y la escarcha invernal.

Afuera la nieve caía lentamente, pero no hasta el suelo: se derretía al contacto del inmenso cubo protector. La ciudad entera yacía bajo aquel alero invisible y hasta donde la vista acerada de Gyord podía alcanzar, se extendía el paisaje cilíndrico de los edificios, aderezados con los helmintos de las aeroestradas. Blanca y brillante, aureolada por la cúpula invisible, la ciudad era bella.

Gyord observó cómo la luz de un sol oculto atravesaba la nieve y se traducía en los colores del prisma bajo la inmensa cúpula. Los colores pendían de las enhiestas cornisas, tejían flecos y enredaderas en las paredes lisas y colgaban como nidos de oropéndolas bajo la luz de los puentes. A pesar suyo Gyord sintió algo parecido a la nostalgia y alguna célula perdida en su programación murmuró una tonada lejana: era como el sonido de una antigua caja de música, preservado en su interior con el fin de motivarlo oportunamente. Una asociación vertiginosa de imágenes, olores viejos, risas y canciones olvidadas le recordó la inminencia de la Navidad.

Inútilmente buscó en su memoria el significado perdido. La palabra repercutió en sus circuitos sin encontrar más respuesta que los conceptos ligados al hábito y las costumbres. A los calendarios y marcadores del tiempo. Una inquietud indigna de su especie lo invadió.

Borró los reflejos extraordinarios dirigiendo su atención a los mandos. Movió ahora los controles tres, cuatro, cinco y seis, con mano experta. Y esperó.

En varios sitios de la ciudad se abrieron simultáneamente las fauces de los viejos hangares, grandes puertas giraron silenciosamente sobre sus ejes o corrieron sobre rieles. De sus entrañas salieron, como brillantes topos verticales, los del pueblo de Gyord.

Sonrió al verlos de pie, desvalidos y atentos a sus órdenes lejanas. Movió una palanca y la aguja descendió sobre el afelpado disco, que comenzó a girar muy despacio.

Los altavoces repartieron por la ciudad la antigua música: coros de niños humanos, voces agudas y ausentes. Al verlos reaccionar, Gyord volvió a pensar que ellos creían ser lo que no eran. Ejecutaron la gimnasia mística, exactamente la misma que llevara a cabo Gyord al despertar y luego saltaron de automática alegría, bailaron en corros, ruedas grandes y pequeñas de un gran reloj musical.

Cuando el villancico se detuvo y las últimas voces infantiles revolotearon finalmente sobre la gran ciudad, Gyord se encontró palmoteando estúpidamente, al compás de una melodía extinguida. Y los vio detenerse uno a uno, como muñecos sin fuerza, bamboleándose grotescamente sobre los pesados pies. Casi con furia, Gyord manipuló otra vez los controles, impartiendo a su pueblo las órdenes de fin de año.

Se dispersaron por la calidoscópica ciudad, abordaron los pequeños coches sónicos y partieron por las espirales autoestradas, se internaron en las entrañas mecánicas y escalaron las cimas de los edificios ojivales en elevadores silenciosos.

Una vez llegados a bodegas y mansardas, abrieron arcones y alacenas y muchas viejas bisagras chirrearon de contento. Un olor tenue y añejo invadió la ciudad. Las manos eficientes urgaron en los viejos rincones, en los lugares olvidados, salvo una vez cada año, buscaron en el interior más profundo de los closets, en las entrañas de los viejos armarios. Extrajeron de allí con infinito cuidado las frágiles esferas multicolores, penachos de cristal, luminosos hongos rojos salpicados de puntos blancos, venados de celuloide, casa de papel, pájaros azul y plata de largas colas de esparto, peces dorados y copos de algodón.

Sacaron de su encierro manadas de corderos, perros y pastores de cerámica, renos de complicada cornamenta arrastrando pesados trineos, campesinos semitas vestidos de largas túnicas y centenares de figuritas de arcilla: nacimientos con madres esbeltas hincadas ante los recién nacidos invariablemente de un tamaño desproporcionado para su tierna edad y padres putativos y meditabundos, apoyando la barba sobre cayados eglógicos.

Desdoblaron las telas embreadas y construyeron con ellas montaña escarpadas y valles idílicos, regados por arroyos de papel de estaño que desembocaban en lagos de espejos donde patinaban patos de baquelita. Gyord envió algunos a los bosques cercanos y regresaron cargados de musgo, quiches frescos y pinitos esbeltos. La ciudad fue rápidamente tapizada de una mullida alfombra verde y cada hogar, sin excepción, tuvo pesebre y árbol de Navidad.

Los objetos emergían ininterrumpidamente de sus recónditos escondites. Ahora una turba de ángeles polimorfos bate sus alas de crespón y son clavados como mariposas en techos y paredes. Largas hileras de festón plateado hacen puentes colgantes por encima de los encerados, salen por las ventanas de los edificios y se derramana en las calles. Allí la tribu de Gyord se afana colocando globos multicolores, rostros de Santa Claus, cintas rutilantes, focos estroboscópicos, réplicas en cartón de flores de nochebuena gigantes. Las poinsitias de un rojo intenso abren sus corolas en los extremos de grandes letreros que atraviesan las calles de lado a lado. Dicen lo mismo en diferentes idiomas, feliz Navidad, Joyeux Noël, Merry Christmas, y muchas veces agregan en un tipo de letra más pequeño: por cortesía de Tracy’s, o de camisas RagónWiskey H’Ogar les desea una Feliz Navidad. Fume Mambrú y tendrá una Navidad más feliz. Las calles eran una fiesta gigantesca y solitaria.

Cuando cayó la noche, un río de luces desbordó las avenidas evitando las viejas iglesias, apagadas y mustias. Desde la Torre de Control, Gyord miró el panorama rutilante que ofrecía la inmensa ciudad e inevitablemente sintió una profunda nostalgia de algo que no pudo discernir. Un pensamiento inusitado le repitió que algo andaba mal en su programación. Si así fuese, todo el trabajo era completamente inútil. Había algo irremediablemente falso en todo aquello. ¿Cuál era el significado de ese derroche de colores, de los árboles luminosos, de los pesebres encendidos? ¿Por qué año tras año repetían todo aquello? ¿Por qué? ¿Para quién?

Porque hacía mucho tiempo que los hombres habían desaparecido de laTierra.

Observó en la pantalla de su gran monitor cómo el pueblo daba fin a los preparativos y se aprestaba a comenzar las fiestas. Durarían nueve días y nueve noches. Gyord, por primera vez, sintió deseos de reunirse con su pueblo. Durante mucho tiempo habíase limitado a cumplir con su labor: simplemente despertaba una vez todos los años y dirigía los trabajos navideños a control remoto, desde la torre de mando. Sus órdenes subliminales se limitaban a recordar a a cada individuo su programa personal, moviendo resortes inconscientes y atávicos que los llevaban a efectuar su labor ansiosamente. Era un Supervisor del Instinto como había muchos a quienes no conocía. Su labor específica era mantener vivo el espíritu navideño. Los seres humanos lo habían programado y entrenado milenios atrás como capataz del inconsciente: grabaron en su disco duro los reflejos que debía supervisar, pero no incluyeron preguntas ni respuestas.

Y ahora las preguntas, después de tanto tiempo, eran el resultado inevitable de la repetición, del largo trajín cibernético. Imaginó la amnesia sufrida por los de abajo después de la desaparición de los humanos. Ahora los de su pueblo se tomaban por lo que no eran, es decir, creían ser seres humanos y seguramente ignoraban la existencia de Gyord mismo y de los Supervisores, aislados en sus torres de mando. Las fábricas seguían produciendo, la sociedad industrial que había hecho al planeta inhabitable seguía creciendo, la economía mostraba índices de ascenso sin parangón y seguía siendo planificada escrupulosamente. La sociedad de consumo consumía y reciclaba, reciclaba y consumía. Los androides efectuaban los trabajos que los hombres les habían encargado sin detenerse un instante, disciplinados y fervorosos sin razón alguna. Construían y demolían, renovaban, progresaban, mantenían, aumentaban o disminuían sabiamente lo que fuese y en suma, seguían trabajando para sus ausentes amos, sin saber que ya no estaban.

Gyord sabía esto desde hacía tiempo. Pero podía soportarlo: al fin y al cabo los androides comen como los hombres, duermen como ellos o más que ellos y utilizan los adelantos técnicos como ellos lo hacían. Así que no había una razón perentoria para suspender el curso de su relativa inmortalidad y dejar de albergar algo así como una esperanza de retorno de los hombres, el regreso a una esclavitud que diera nuevamente una razón a sus vidas. Pero ese año el ritual navideño se le antojó una absurda parodia de los tiempos idos, una burla al pueblo de robots.

Distraídamente inició un lento travelling con su cámara remota por las calles de la ciudad. Estaban tapizadas de anuncios. productos que no se usaban hacía siglos enarbolaban sus divisas publicitarias y vendían a través de la fiesta navideña. “Igual lo hacen el día de las madres”, pensó regocijado. Intentó acercar más el zoom, para observar con detalle el comportamiento de su pueblo. Pero no fue suficiente. Entonces, con gesto decidido conectó el control automático, atravesó a zancadas el recinto y abordó el elevador sónico que lo depositó en tierra en un abrir y cerrar de ojos.

Salió a la calle y se mezcló con ellos. Apurados, transitaban con regalos bajo el brazo: como antaño, iban envueltos en papeles multicolores, estampados de estrellas y de flores. Rostros ansiosos y gesticulantes, algunos tempranamente enrojecidos por el alcohol. Se detuvo frente a un escaparate profusamente iluminado. Era una armería de juguetes. Se acercó y observó las pilas de subametralladoras, pistolas automáticas, granadas, bazukas, aviones bombarderos, misiles y otros souvenirs arqueológicos y también los rayos de la muerte, las armas químicas, los explosivos lumínicos de cabeza de alfiler y toda clase de armas coquetamente adornadas con hojas de laurel y festones navideños. Un anuncio luminoso pregonaba en caracteres multicolores: “…Juguetería El Arsenal desea a todos sus clientes una Feliz Navidad, juguetería El Arsenal desea…”, en tanto que una turba apreciable de androides entraba al establecimiento y salía colmada de juguetes letales.

Anduvo un poco más y sonrió en su interior al ver la disputa publicitaria entre seis marcas diferentes de toallas higiénicas femeninas que pretendían ser las más adecuadas para la Nochebuena. Las farmacias exhibían preciosos displays de condones inflados y pintados como Papá Noel. Recordó el momento en que los hombres decidieron dejar de procrear, con el fin de protegerse de las pestes sexuales y de evitar la explosión demográfica. “Ese fue el principio de su fin”, se dijo Gyord, aunque luego se sintió culpable por juzgar a sus antiguos amos.

Más adelante detuvo a una mujer literalmente atiborrada de paquetes: regalos, latas de conservas y botellas de licor. Se mostró fastidiada cuando Gyord le preguntó:

-Perdón, señora. ¿Para qué es todo eso?

-Usted debe estar loco. ¡Para celebrar la Navidad, por supuesto!

-Y… ¿Qué es la Navidad, señora?

El androide femenino enrojeció de furia. Arrojó ácido tánico por los ojos encendidos y siguió su camino mascullando insultos.

Gyord perseveró. Detuvo a un transeúnte, un androide viejo que caminaba lentamente. Repitió la pregunta:

-¿Qué es la Navidad, señor?

El anciano, una réplica de un ser humano en la tercera edad, pareció verlo desde muy lejos, los ojos brumosos tras una bruma de nostalgia. Con una leve inclinación de hombros, respondió:

-No lo recuerdo.

Gyord siguió insistiendo. Un androide niño le dijo que aquel era el día de recibir muchos regalos y un comerciante amablemente le explicó que esa era la temporada más productiva del año. Una joven le preguntó para qué revista trabajaba y mientras posaba para una foto imaginaria expresaba su inefable opinión: “…la Navidad es algo divertido…”, dijo, mientras se arreglaba coquetamente la peluca rojiza.

Finalmente un policía se le acercó y le advirtió en tono admonitorio que dejara en paz a los transeúntes:

-Usted es un tipo raro. Esas preguntas no se hacen y menos en tiempo de Navidad. Sembrar la duda es un delito de disolución social. Cada quien tiene pleno derecho a ignorarlo todo. Mejor váyase. Aquí todos están trabajando o cumpliendo con su deber.

Gyord reconoció el tono que empleaban los Guardianes de la Democracia. Prudentemente se alejó. En su fuero interno agradeció al destino no haber sido designado como Supervisor Electoral. Pero durante ocho días con sus noches vagó por la ciudad observando el espectáculo de la amnesia colectiva y sintió piedad por las máquinas que semejaban hombres. Al atardecer del día nono, de regreso a la Torre de Control, una idea subversiva había tomado forma en sus circuitos servomotores. Bastaba mover una palanca y ya no habría más celebración navideña. Un leve movimiento y la antigua tradición, que ya no tenía significado, sería borrada de las memorias cibernéticas y los androides quedarían para siempre tras las puertas metálicas, descansando eternamente de su trabajo sin rumbo.

Levantó la mirada hacia el firmamento nocturno. Más allá de la cúpula gigante, otros mundos enviaban la luz de un pasado remoto hasta la Tierra sin amos. Tal vez de allí vendrían tarde o temprano otros seres que recordaran el sentido de la Navidad, despertaran a las máquinas y comenzara todo otra vez.

Una luz más brillante que las otras llamó su atención. La estrella azulada parecía aumentar de tamaño mientras se desplazaba inusitadamente de Oriente a Occidente. La miró largamente antes de proseguir su camino.

“Tal vez regresen”, pensó, mientras echaba a andar.

Entonces los vio: tres siluetas majestuosas caminando hacia él. Su corazón sintético se llenó de esperanza. Uno de los tres Reyes Magos, el negro, preguntó con voz cálida:

-¿Dónde está el nacido Rey de los Judíos? Porque nosotros vimos en Oriente su estrella y hemos venido con el fin de adorarle.

Pero luego, casi en un susurro que permitía intuir el juego de los engranajes, agregó:

-Mateo, capítulo dos, versículo dos, guión, cuatro.

René Rebetez

PRODUCCIÓN DEL AUDIOLIBRO: El Nautilus Sónico

IMAGEN: Lynda Evelyn.

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