“El olor” por Nelson Vera

«Olfatear y fregar, olfatear y fregar», repito este mantra mientras caen gotas viscosas de sudor desde mi frente, sobre este charco bajo mi pecho, que reposa sobre el suelo casi perfectamente lustrado de mi habitación y con este fuerte olor a límpido; la obstinación se manifiesta a su vez en cansancio, pero el tener que dejar todo extremadamente limpio y libre de sospecha no da tregua. Todos los días, desde hace seis meses, quizá (ya he perdido la cuenta), asisto en medio de la soledad y la miseria, únicamente, a mi propia función paranoica, a lo largo de este tedioso e interminable confinamiento. Con mi mano izquierda sostengo una lupa, y con la otra mano empuño aquel viejo pero robusto cepillo de dientes que uso para limpiarlo todo, hasta las juntas de las baldosas (y cualquier cosa de la que tenga algún tipo de recelo). Llevo años con este cepillo, me recuerda los tiempos maravillosos de mi antiguo matrimonio. No sé, de repente le he agarrado mucho cariño: así y con todo lo desparpajado, ha devenido en mi único compañero, mi única arma y escudero guardián. Le suelo hablar y siento que él me corresponde. Quizá es lo único que me hace tolerar este encierro. Así están las cosas por estos días, en tiempos de El Olor.


   Recuerdo muy bien el día en que todo detonó la «normalidad». Una noticia intempestiva —un informe oficial del Estado— irrumpió en todos nuestros neurotransistores, a fin de notificarnos a todos los ciudadanos sobre el ataque de una presencia identificada como un olor extraño, altamente contagioso, y que sólo afectaría a los seres humanos, extinguiendo a los contagiados en cuestión de segundos, al evidenciar que una vez impregnado en los cuerpos, intempestivamente, se liberaría de éstos convirtiéndoles en polvo… !Así es!… polvo. «Por tanto —recuerdo continuaba el Jefe del Estado— queda rotundamente prohibido salir de sus casas hasta nueva orden… Este olor cada vez se propaga y asecha de forma más rápida, y de momento no logramos dar con su procedencia exacta, causa o forma de contagio… ni mucho menos, la forma de neutralizarlo… Se recomienda, por tanto, y como medida de emergencia, limpiar todas las fuentes de las que sospechen se pueda estar emitiendo algún olor indescriptible, y en caso extremo, si el olor persiste, desecharlas a como dé lugar».


   Desde aquel día, me he obsesionado con el escrutinio, la limpieza y el olor al detergente. Olfateo absolutamente todo. ¡Olfatear y fregar, olfatear y fregar! A la vez pienso y me sabe fatal por aquellas personas cuyo aparato organoléptico no funciona del todo bien: !no poder rastrear con tu nariz olores extraños al olor a límpido en estos momentos es de un gran riesgo vital! Yo mismo sufro de congestiones nasales, y cuando tengo algún cuadro alérgico, suelo perder el control de mi sosiego, y la paranoia invade sin concesiones mi cuerpo y posee mi mano, empuñando en movimientos rampantes mi viejo cepillo. Pienso también en lo terrible de aquellas personas y sus familias que no han podido comer durante días, acuarteladas, fraguando ansiosas en cómo asaltar la despensa de sus —también paranoicos vecinos— en medio de su desespero. Por supuesto, también pienso, y no con cierta frustración y desprecio, en lo desgraciado que son —me incluyo— quienes no podemos hacernos, por su elevado precio, al famoso spray «AntiOlor»: formula diseñada y patentada desde hace un par de meses por la empresa AntiFearum, que le permite a la piel humana repeler cualquier olor extraño. «¡El Olor es clasista!», pienso. Por estos días, el riesgo de morir de hambre en casa, por un lado, o de exponerse al inminente contagio letal del Olor —al correr riesgos en el mundo exterior— se ha convertido en la regla, más no en la excepción. Trato de abandonar esta paranoia. Prosigo: «olfatear y fregar, olfatear y fregar». De repente, irrumpe nuevamente la voz del Jefe de Estado en mi neurotransistor y la ansiedad no espera para invadirme: «Compatriotas, intentando sortear el estado de emergencia, a partir de la fecha acabamos de determinar nuevas medidas para la autorización reglamentaria para que puedan salir de sus recintos, única y exclusivamente para salir a comprar mercado, útiles de aseo y, por supuesto, su spray AntiOlor… Para esto, se dispondrá, según su código de identificación algorítmicogenético, un sólo día al mes para dichas compras… ¡repito… sólo una vez al mes!… Les rogamos su comprensión y el acatamiento de estas medidas… El Olor, que, según algunos de nuestros mejores científicos parece provenir del espacio, y que según otros expertos, basados en recientes estudios de caso, parece provenir desde el interior mismo de los seres humanos, ha aumentado su expansión y ataque inminente sobre, desde y entre algunas personas desafortunadas… Así que, de salir a realizar esas compras, deben hacerlo bajo sus propias medidas y riesgos… Ciudadanos, el Jefe de Estado y su equipo asesor, por tanto, les desea la mejor de las suertes, y, sólo me resta decirles… ¡ que Dios nos bendiga a todos!». Terminada esta transmisión en mi sistema neuronal, empuño de nuevo con fuerza mi cepillo y sin espera prosigo jadeante y con mucho temor con mi labor diaria. Mientras friego de nuevo, lo primero que pienso en medio de este sentimiento de desgracia es que si no sería el mismísimo Dios quien estaría transpirando su furia sobre nosotros como alguna suerte de castigo; luego me hace gracia esta imagen y sacudo mi cabeza; respiro, y vuelvo a fregar y a pensar: ¿pero, de cuándo para acá, hemos naturalizado la idea de que existe un Dios levitando por los cielos, y azotándonos con su ira cada vez que se le dé la gana? Una sonrisa enfadada se dibuja en mi rostro, pero la borra de inmediato el sonido intempestivo de una voz robótica en mi neurotransmisor, que comienza a decir mi nombre completo, seguido de mi número de código algorítmico-genético y, finalmente, concluyendo con mi número de turno para salir de compras, con el respectivo día y hora: «viernes-veinticuatro-de-agosto-a-las-ocho-doble-cerohoras».


   ¡Creo tener suerte!, pienso: de un lado debería llegar bien esta noticia, en medio de este eterno encierro, que sólo ha estado habitado por pánico, hambruna, obsesiones y alucinaciones… y claro, de la compañía de mi buen e incondicional amigo, quien con sus protectoras cebras, ha hecho de este paranoico enclaustramiento, una situación mucho más soportable; pero, de otro lado, si bien me veo en la insoslayable necesidad de hacerlo, a la vez, me siento petrificado por lo que pueda estar ocurriendo allá afuera: el Olor, al parecer, se ha cargado a varias personas del barrio contiguo, según escuché en las datanoticias; y de paso, me he enterado de la forma en cómo éste suele actuar, impregnándose ferozmente en las pieles de las personas, y en cómo, acto seguido, se libera de forma abrupta de los cuerpos… que la verdad sea dicha, prefiero no seguir mencionando…: ¡la imagen que se me viene a la cabeza no puede ser más escandalosa por cuanto indescriptible! Debo calmarme… Puesto en una balanza, no tengo opción: debo tomar el riesgo… ¡Lo mejor será intentar descansar!

***

   Llega el día. No he podido conciliar el sueño por la ansiedad de la noche anterior. ¡Vaya descompensación! Ahora, de repente, no quiero salir de esta habitación. Siento, sin mentir, que ahí afuera, en la sala comedor, algo extraño —invisible e intangible—, está a la espera de que dé mi primer paso, por fuera de la habitación, para acecharme. Debo estar delirando, lo sé, o, ¡quizá no!, pero un olor sospechoso empieza a irrumpir el aroma a límpido. No voy a dejar que esa presencia me intimide. Me abrigo bien, y agarro por supuesto mi cepillo… mi guardián y lo baño en detergente. Abro la puerta de mi habitación, y desde allí apunto con el cepillo, desafiante, hacia todos los lados y, principalmente, hacia el techo. Siento que allí está… ¡esa cosa! Señalo y le grito que se aleje, y sin pensarlo mucho, doy tres zancadas inmensas hacia la puerta principal del apartamento. Tomo aire, y me recubro el rostro, y decido con determinación abrir la puerta principal para dar directamente con la calle. Abro y vuelvo la mirada por última vez hacia el interior de mi casa. Ya no siento aquella cosa ahí. Sin embargo me da la sensación de que no debo confiarme y apresurarme. Cierro la puerta y al dar media vuelta, el sol me saluda con una luz incandescente que enceguece mis ojos por un momento. Perplejo, con los párpados apenas entreabiertos, deposito mi cepillo en el bolsillo inferior derecho del gabán que llevo puesto. Hace mucho que no veía el mundo exterior. Me detengo por un momento, aguzo la mirada y oteo el cielo… y luego los alrededores, y siento que esa presencia, ahora mucho más grande e inmensa, comienza a expandirse, cubriéndome desde lo alto del cielo.


   Sigo sin moverme del mismo lugar. «Ya no hay marcha atrás», pienso. Observo hacia el fin de la calle, y con gran extrañeza advierto que no hay ningún humano, ningún vehículo… ¡nada!; solo observo una calle, otrora tan conocida, que ahora luce como un infrecuente mar de brea, y que en otro momento me hubiera resultado maltrecha, insignificante. Ahora se le ve inmensa, con un horizonte infinito, despejado… eterno. Vuelvo la mirada nuevamente hacia el cielo, y otra vez siento aquella presencia, con ganas de acecharme. «Debo moverme pronto». Sacudo mi cabeza y decido marchar directo, por el único camino hacia el supermercado. Debo apurarme. En la medida que avanzo, siento la presencia que comienza a perseguirme, sigilosa, como una suerte de perro fiel, esperando a traicionar al amo por su espalda. Ajusto sobre mi boca la bufanda que traigo conmigo, me cubro totalmente el rostro como un delincuente encapuchado, y empuño mi cepillo dentro del bolsillo.


   Mientras camino por aquella calle, ahora gigantesca, comienzo a contemplar los árboles que la rodean, rebosantes, embellecidos, muy luminosos y llenos de magníficos frutos (y sin ningún sonido humano… ¡cuán raro es todo esto!). Nunca había visto así de verdes y coloridos los árboles. En la esquina veo un generoso manzano, y justo a éste, un poblado arbusto de jazmín: bello, delirante, de flores amarillas y blancas, encantadoras, que emiten desde una gran distancia un hechizante olor, maravilloso, dulce… hipnotizante. Seducido por esto me acerco y tomo una manzana del árbol. Le doy un ansioso mordisco; tomo otra y la pongo en el bolsillo inferior izquierdo de mi gabán. Prosigo cuatro calles rumbo al peligroso barrio vecino, donde se encuentra el supermercado. Pienso que no debería ser arriesgado —claro, sin rastro humano alguno, ¿qué podría pasar?—, pero a la vez siento que la inminente presencia de aquella cosa, parece descender lentamente del cielo, planeando atraparme, con discreción. Vuelvo a apurarme. Al llegar al barrio, en medio de este extrañamiento sobre el mundo de allí afuera, sorprendentemente veo a lo lejos la presencia de un ser humano — ¡cuánto tiempo sin ver a alguien!—, una persona pequeña, sola, se le ve abandonada, al frente de la entrada del establecimiento. Una inquietante sensación entre temor y excitación me invade. Me acerco y advierto que la persona es una pequeña niña, y en la medida que me acerco un poco más, noto que tiene un racimo de flores entre sus manos. Llego hasta ella. Se le ve aturdida pero con un rostro de inocencia. Me detengo a unos pasos frente a la niña, y observo el racimo: son flores de jazmín (quizá, de aquel enigmático arbusto que acabo de contemplar). «Señor… —me mira con timidez y prosigue con voz suplicante— ¿desea comprarme este jazmín para espantar el olor?… Vea que es más efectivo que el mismo spray y… me sirve para comer algo… o, regáleme algo de comer, Señor…». La situación me rasga la garganta y me conmueve… pero instintivamente me invade también el temor por el riesgo a tener contacto con alguna persona. ¿Estará infectada?… De repente siento el olor a jazmín alcanzar ahora con más fuerza mi rostro, y el temor se desvanece y me abandona por un momento… ¿Y el Olor? Siento que éste deja de seguirme, por alguna razón. Le sonrío a la niña y le digo que mejor no andar por ahí exponiéndose. «¿No temes al Olor?» Me contesta en silencio, apenas levantando los hombros. «Tengo hambre, Señor». No insisto mucho en seguir indagando, y tomo de mi bolsillo izquierdo la manzana que había tomado del árbol, y se la brindo: «Toma, niña, aquí tienes pero mejor que te vayas pronto a casa». «Gracias», me contesta con una sonrisa tímida. Le devuelvo un gesto compasivo, pero al interior pienso y me lamento por su devenir. Doy media vuelta y dejo a la niña atrás, disponiéndome a ingresar al local. Cuando menos lo advierto, mi sombra se proyecta y se agranda junto con la sombra de la niña: ella ha aprovechado mi ingreso, y ahora se ha camuflado tras de mí, para acceder al mismo.


   —Eh, tú, chica, ¿para dónde crees que vas? —espeta el cajero—. Te he dicho que se te está prohibido —hace una pausa—, creo que tendré que llamar a las autoridades, que ya te lo he advertido muchas veces.
   Ahí comprendo la situación: la niña lleva buen tiempo intentando ingresar al supermercado, para quizá pedir ayuda adentro a otras personas. Pero la extraña verdad es que no veo a nadie allí; quizá querrá que yo le siga invitando cosas. Le digo al hombre del cajero que no pasa nada, que ella viene conmigo. La niña me sonríe con un gesto de agradecimiento y amor familiar, como si yo fuera su padre. El hombre niega con la cabeza, pero termina por resignarse. «!Va por su cuenta, entonces, amigo!», me dice. Vuelvo a la niña y la miro condescendientemente, pero igual le increpo en voz baja: «Te puedo compartir algo de lo que compre, si quieres… pero… nada de cometer tonterías… ¿entiendes?». Asiente sonriendo y me da las gracias. «Esta niña me agrada —pienso—… y qué pesar con la pobre». Vuelvo entonces con el cajero:
   —Amigo, disculpe, ¿usted sabe en qué sección puedo conseguir el arroz, las lentejas y los spray AntiOlor? —le indago al hombre de la caja, mientras le muestro mi número de identificación para que compruebe mi número de turno, y a la vez, observo con extrañeza al interior del supermercado, notando la ausencia de personas, y las góndolas vacías de productos.
   —Vecino —me dice aprobando mi número de identificación—, pues, todo está realmente es en la bodega, después de ese pasillo que se ve al fondo —me señala con su boca hacia un largo pasillo oscuro, y luego, mirándome desconcertado, me pregunta—: Oiga, ¿y su mascarilla especial… para poder ingresar a las zonas de compras? —su pregunta me desconcierta de inmediato, llevo varios días sin salir, y quizá ando tan desconectado del mundo en mi confinamiento, que no sabía que se debía realizar las compras con el uso de tapabocas especiales. El hombre niega con su cabeza y saca algo debajo de su caja registradora—. Vea, tome, protéjase —me brinda un tapabocas hecho con bolsas de plástico del supermercado— y diríjase al fondo… allá, detrás de esa puerta al final del pasillo, encontrará una gran bodega… ahí encontrará con suerte lo que necesita… tiene que ir con esto puesto, si no, no le podré dejar entrar con la demás gente.
   «¿Demás gente?», pienso con un sobresalto y sospecho de qué pueda tratarse todo. —¿Amigo, y tendrá otro tapabocas para la niña?


   En ese momento, la niña y yo, con tapabocas en rostro, procedemos a ingresar por el pasillo. Éste se ve muy oscuro, casi veinte metros, con apenas un rayo de luz en el fondo. Al final, vemos que cuanto más nos acercamos al final de éste, se comienza a vislumbrar en el piso de la entrada de la bodega una luz blanca, fuerte, acética, como de sala quirúrgica; y con cada paso, se va incrementando un leve barullo de voces. Le digo a la niña que debe estar tranquila. La escucho respirar profundo, agitada. Hace mucho tiempo que no veo gente aglomerada, y una ansiedad repentina me comienza a invadir. El ruido de las personas se amplifica, ahora, de forma intensa, apenas a un metro de la entrada. «Debe haber muchísima gente», pienso, y vuelvo la mirada a la niña, ahora con no cierto temor en mis ojos.


   Apenas cruzamos la puerta que daba a la bodega, me invade una luz blanca, brillante, y un fuerte olor a límpido; y me posee el asombro, al contemplar a varias personas, en medio de una algarabía, sorda y nerviosa; individuos agitados y apresurados, con sus tapabocas elaborados, que les hacen lucir como una suerte de alienígenas en mi propia tierra, tratando de hacerse a las pocas cantidades de productos, que se alcanzan a observar dentro del lugar. Damos el primer paso, saludando con un ademán casi inexpresivo a los allí presentes, y nos estrellamos con la inmediata respuesta fría de miradas desafiantes: se siente el desprecio, y a la vez la desconfianza en sus ojos, tanto más, al ver cómo observan con descrédito sobre todo a la niña, como si fuera un bicho raro, el signo mismo del contagio. No hay duda, somos una amenaza en este lugar. «Ahora no solo somos una competencia dentro del recinto… ¡Somos su más claro enemigo!», pienso, mientras intento sonreír a la niña. Me acerco a la niña y bajo la cabeza: «No mires para ningún lado… sigue aquí conmigo… vamos hasta la zona del arroz y de los spray, y no mires a nadie… hagamos que esto sea de entrada por salida». Yo en ese momento me ajusto la máscara, y la miro intentando seguir sonriéndole, pero esta vez ya no lo logro. Algo me dice que esto no va a ir muy bien.


   Entonces ocurrió: «Señor, pero qué hace?», le espeta una señora a un hombre de barba espesa y de cara de pocos amigos —quien va con su hija pequeña que se le nota en sus ojos está invadida por el miedo—, al ver que en su coche de compras reposan las últimas veinte bolsas de arroz y de lentejas, y los últimos cinco spray AntiOlor, de todo el local. «¡¿Señor, oiga, qué le pasa?! —se suman varias voces a la vez— «¡Abusivo!». De forma exponencial se comienza a armar una algarabía: un hombre gordo decide acercársele al hombre de la barba, y —mirándolo desafiante, directamente a los ojos— saca de su carro una de las bolsas que contienen víveres. El hombre de barba no sabe cómo reaccionar. Otra mujer se acerca y secunda la acción del hombre gordo, y retira otra bolsa de su carrito: una, dos, tres personas, y así, una tras otra, cada una sacando las bolsas y los sprays del carro del hombre, quien ahora increpa a los sujetos desafiantes y comienza a forcejear con estos. Los insultos y gritos se desatan de lado y lado, y las pugnas cada vez se aumentan, tornándose más agresivas. El hombre de la barba maldice, y hala con su mano a su pequeña hija, ubicándola tras de él. Un coctel de temor y asco comienza a cobrar vida en aquel sitio. Todo se desborda: la muchedumbre se abalanza atrabiliariamente sobre su carro, encerrándole, como una barricada. De repente, el señor obeso apura por abalanzarse para atacar al hombre, pero termina empujando a la hija de éste, quien cae de espaldas, expulsada sobre una góndola, golpeándose la cabeza con su orilla y, finalmente, desplomándose inconsciente. Parece grave. Un silencio solemne habita por un momento el lugar. La multitud reacciona y en vez de ayudar a la niña, hacen caso omiso, y vuelven nuevamente contra el hombre y su carro de compras. Se empujan entre sí, y alguien advierte —retirándose de inmediato del hombre barbado—: «cuidado, está hediendo a un olor extraño». Un nuevo silencio interrumpe la acción, la gente no sabe a qué se refiere esa advertencia, pero en cuestión de segundos, le sucede una algarabía y un pánico todavía más fuerte: unas cuántas personas sobre el carro del hombre, forcejeando entre sí por las bolsas; otras intentado huir del hombre, por el pánico a su hedor; otros, lanzándose improperios entre sí, todo por la lucha para hacerse a lo último que queda de víveres en aquel lugar. Todo lo veo muy rápido. La niña ya no está a mi lado, quizá ha huido por el miedo; yo me siento perplejo e impotente, ¡aterrorizado! Miro hacia todas las direcciones, mientras un mareo me posee por la situación, hasta que el sonido estremecedor de un disparo irrumpe toda la caótica escena: un señor muy delgado, con un bebé sostenido en su brazo izquierdo, apunta con un arma hacia la multitud que está sobre el carro del hombre de barba. Las personas comienzan a alejarse de éste, mientras el hombre pide que, lentamente, devuelvan todas las bolsas y los sprays, dentro de aquel carro de compras. «Ahora», grita insistente. Todos, en silencio, y con sollozos en sus rostros, no tienen más remedio que hacer caso. Yo sigo petrificado y de una sola pieza, observando todo a media distancia, a la vez que noto que un olor extraño, empieza a propagarse allí adentro. En esas, alguien se tropieza, y el hombre le apunta por reflejo. Aprovechando este leve descuido, una mujer de mediana edad golpea al sujeto del arma, con una canasta de mercar, sobre su cabeza. Éste alcanza a soltar el arma, pero se abalanza y la recupera de inmediato, y desde el piso la acciona, como acto de reflejo, contra el estómago de un desafortunado sujeto diminuto y calvo, que está al frente suyo. La gente comienza a gritar por el pánico, y varios se abalanzan contra el hombre para hacerse a su arma. La sangre comienza a fluir por el piso. Yo, al notar esto, corro muy nervioso hacia otra góndola, ubicada en el extremo izquierdo de la bodega, y me camuflo, agachado, tras de esta. Al lado mío, observo que hay una señora que se encuentra prácticamente en mi misma situación —agachada y muerta del miedo—, quizá desde hace un buen rato; observo que es la encargada del aseo, se le ve aterrorizada. Ella me mira nerviosa, con movimientos convulsivos y con unos ojos teñidos de rojo, suplicándome en silencio que no le haga daño. Se le ve ahogada y sin poder respirar. «Señora, tranquilícese, no le voy a hacer nada… y esto va a pasar pronto… pero, manténgase tranquila…». Pienso en ese momento en la niña, y luego en si aquel extraño olor es… “El Olor”… Siento que ahora hay un hedor particular muy cercano, que parece provenir de esta señora; incluso vacilo, y pienso que el olor extraño puede provenir de mí. Miro, por entre los pisos de la góndola vacía, para ver si puedo hallar a la niña de las flores. Nada. Vuelvo la mirada hacia la señora, pero ahora, sus ojos —esos ojos rojizos—, junto con su rostro, han cambiado repentinamente de forma muy drástica. «Esta señora… esta señora —pienso— ha estado expuesta hace mucho a este pánico», y como un acto reflejo me retiro hacia atrás, sin perderla de vista. Vuelvo la mirada, rápidamente, hacia el pasillo, para ver si puedo encontrar a la niña del jazmín, y hallar la forma de salir de aquel sitio junto con ella; y lo único que diviso, es que el empleado de la caja registradora principal, ahora se le ve a lo lejos, huyendo del local. «¡Mierda!», pienso, y esta señora me sostiene el brazo al escuchar un segundo impacto de bala, proveniente de aquella arma (hace mucho no me tocaban, esto me deja perplejo); la suelto bruscamente, pero aún así, por riesgoso que fuera, comprendo que no puedo ser un cabrón frente a alguien muerto del susto, que necesita ayuda, y le busco su mano, para finalmente sostenerla. En medio de esta situación, vuelvo a encontrar esa mirada rojiza en su rostro, pero, ahora, advierto su boca apretada muy fuerte, como si sus labios estuvieran cocidos, y, mirándome fijamente, con unos ojos exageradamente abiertos y llenos de temor, como si estuvieran viendo en mí, el rostro de la mismísima muerte. Entonces, lo veo por primera vez: es el Olor en su rostro, aprovechándose del colapso nervioso de esta persona, atacándola. Veo, cómo esta señora comienza a desvanecerse, de repente, frente a mis ojos, y a convertirse, en cuestión de segundos, en una suerte de almizcle y polvo rojo, levitando frente a mí. ¡Esto es demasiado aterrador! Salto hacia atrás, para alejarme de ese horror, y me descubro, nuevamente, ante las demás personas. Siento un hedor horrible, asociado a ese polvo rojo, y siento que ahora lo tengo impregnado en mi rostro. Hago una maniobra de escape, mientras me sacudo la cara, y termino arrojándome al piso, con un movimiento torpe. Desde ahí, abajo, logro ver el pasillo de la entrada. «!Ya casi estoy cerca! », pienso. Debo terminar de huir. El olor se acrecienta, casi que proporcional a los gritos y forcejeos entre las personas. Decido que lo mejor es correr, sin vacilar, pero escucho un tercer impacto de bala, y con éste, gritos, polvo rojo en el aire, y una mezcla entre el olor a la pólvora del arma y ese hediondo y extraño olor. Más personas se descomponen en el acto, frente a mis ojos. La imagen me sigue asfixiando y mi pánico se acrecienta. Debo largarme de ese lugar ¡ya mismo! Noto que el polvo está adherido a mi ropa. «¿Dónde está mi cepillo?», pienso, para limpiarme en el acto… ¡Vaya tontería!… Reacciono y vuelvo al plan de lograr poder huir por el pasillo. Un cuarto impacto de bala, y veo a una niña —con un orificio en todo el centro de su frente— desplomarse. Aterrado, intento identificar desde lo lejos, si la niña que acaba de caer, puede ser la niña de los jazmines. Una señora grita de inmediato, abrazándola: «hija, noooo, por favor, nooo… Dios santooo..!». Ahora comprendo que no es la niña de las flores. Veo, por demás, cómo la madre toma a su hija asesinada entre brazos, y sin pasar mucho tiempo, cómo las dos se convierten en polvo, mientras se desintegran en un instante. ¡Una escena macabra, tenebrosa! Las personas siguen luchando entre ellas, riñendo por las bolsas y el arma, y, sin advertirlo, convirtiéndose en ese nauseabundo polvo rojo, mientras gritan de forma atrabiliaria. ¡Puta vida, esto no puede petrificarme! ¡Debo huir, ya mismo! Ahora, siento que, de repente, aquel extraño olor, indiscutiblemente, comienza a provenir de mí. ¡Joder, joder! El susto me alcanza a poseer, mientras vuelvo la mirada a personas, que frente a mis ojos, se destrozan y se desvanecen en una gran nube carmesí. Una de esas personas, mientras se disputa con otra, recibe un golpe que hace girar su rostro hacía mí, y, mientras me observa por un instante, tengo que atestiguar cómo se desvanece frente a mis ojos, sin dejar de sostenerme nunca su mirada. ¡Horror! Vuelvo mi cabeza, y veo que ahora reposa una bolsa grande y un spray AntiOlor a un par de metros sobre el suelo, justo al lado de la puerta del pasillo, que sigue abierta. ¡Es mi último chance de escapar! Sin meditarlo, me arrastro sobre el piso, y logro —con una maniobra miliciana quizá menos torpe que la anterior— tomar los objetos del piso, y salir corriendo hacia el pasillo. Doy otro paso, y… un cuerpo que acaba de caer sobre mí me hace tropezar de nuevo. Me derrumbo sobre un charco de sangre, mezclado con polvo rojo, que se suma al del sujeto recién caído. ¡La situación no puede ser más espantosa! Me incorporo de nuevo, pero unas manos me sostienen mi tobillo con fuerza, y resbalo, cayendo sobre un charco de sangre en el piso: es la niña… la niña de los jazmines… que me implora que la ayude. Veo que al parecer está herida en su pierna. Un esguince, pienso. Me vuelve a rogar que la saque del sitio. Me levanto con mucho pavor y le ayudo a incorporarse de inmediato. «Sujétate duro, y huyamos de una buena vez de este infierno»; le entrego la bolsa de alimentos, y con mi otra mano, le sujeto para que se apoye en mí. Por fin, entramos de vuelta por el pasillo, apoyándonos sobre las paredes, pero al escuchar unos gritos horrendos no puedo evitar mirar hacia atrás: observo una de las imágenes más aterradoras que jamás he visto en toda mi vida: una montaña de humanos, unos encima de otros, que en medio de los ataques iracundos entre sí, se desvanecen convirtiéndose en una nube de polvo escarlata, expulsando, a la vez, aquel horrendo hedor. La niña sostiene la respiración muy fuerte y se le ve aterrada, sin decir palabra alguna. Le digo que aguante, que no pierda la calma, y que sostenga la respiración hasta que estemos afuera del local. Por fin, logramos atravesar ese largo y oscuro pasillo, de vuelta al área principal, y logramos alcanzar, aunque cojeando, la puerta de salida, una vez cruzadas las cajas registradoras. La niña se detiene y manifiesta su dolor insoportable por su esguince. Le digo que se sostenga un momento sobre la pared, mientras logro abrir la puerta de salida, que ahora estaba trancada, quizá por alguna disposición seguridad automática del lugar. Sigo forcejando, y al final logro abrirla de un empujón fuerte, y la niña se logra abalanzar hacia mí, nuevamente, buscando apoyarse sobre mi hombro. La sostengo mientras termino de empujar la puerta, y de repente, suena un quinto impacto de bala que golpea sobre el vidrio de la base de la puerta, justo al frente de nuestros ojos. «¡Quietos!», chilla la voz de un hombre, amenazando desde la retaguardia. «De aquí nadie se va con esas bolsas… ¡Suelten lo que llevan… ¡ahora! y no volteen a mirar… manténgase de frente y no cometan ninguna tontería!». Un silencio ensordecedor se imprime en el aire; levanto las manos, con el spray en la mano derecha, y le pregunto a la niña si está bien. No responde. Temo por ella, y espero que la bala no la hubiera alcanzado de alguna forma. Giro mi cabeza, lentamente, hacia el rostro de la niña, para notarla de perfil, y veo que ella también vuelve su mirada, paulatinamente, observándome, con unos ojos sin vida, como los que ya había visto antes, en la señora del aseo. Ruego que no esté contagiada. Le digo que no se deje llevar por la situación, que aguante, que mantenga la calma. «Tranquilo amigo», digo con voz fuerte, todavía de espaldas al hombre, mientras siento que éste empieza a acercarse con pasos sigilosos, y una respiración cada vez más agitada. Pienso en mi cepillo dentro del bolsillo, y comienzo a llevar mi mano hacia allí. «Puedo intimidarlo si le apunto desde el bolsillo, simulando que llevo un arma», pienso. «No haga nada tonto, amigo», me corta el impulso al gritarme, amenazante. Le digo a la niña que suelte la bolsa ahora mismo y que mantenga la calma, mientras dejo caer el spray que sostengo sobre el suelo. Vuelvo a mostrar las dos manos vacías con los brazos levantados. «No hay porque ponernos nerviosos, amigo, tome las bolsas y déjenos ir». Pero veo que ella no ha soltado la bolsa. Entonces le murmuro entre dientes: «¡suéltala, de por Dios!». No puedo mirar hacia atrás y entonces escucho al hombre gritar desesperado: «!Que sueltes la maldita bolsa!», y suena un sexto disparo mucho más cercano. Doy un brinco aterrorizado, sin saber si me ha impactado a mí o a la niña. Entonces sucede: escucho un ruido sordo al desplomarse algo sobre el piso, tras nosotros. Doy media vuelta, muy despacio y lleno de temor, y puedo ver a un hombre rubio y desaliñado tirado sobre el suelo, con el arma a su lado, y lentamente desvaneciéndose, convirtiéndose intempestivamente en el hediondo polvo rojo. Mi respiración se agita más y más, y temo que me esté ocurriendo a mi lo mismo. Vuelvo la mirada hacia la niña y ella me está viendo con sus ojos ahora menos rojizos, notando con temor, cómo quizá me comienzo a desvanecer frente a ella. La niña torna la mirada hacia el lugar, y luego hacia mí, y me mira tomándome la mano: «Ya pasó, ya pasó», me dice, con un aura espiritual en su rostro, como una suerte de hálito de vida que retorna a su existencia. Vuelvo entonces a mirar hacia el local mientras regulo mi respiración, y advierto que el polvo se comienza a alejar de nosotros. Observo la pistola, la mancha de almizcle en el suelo, y finalmente a la niña, notando que en sus mano derecha sigue sostenida la bolsa con los víveres. Pienso en agarrar el arma, pero la niña me lo impide con su mirada, y con un gesto de negación; quedo contrariado, pero su rostro convincente y aquel olor a jazmín que emanaba, de repente, me hace intuir varias cosas. Recojo el spray del piso, y salimos, finalmente, de aquel establecimiento.

***

   Una vez afuera del lugar, inclinamos al tiempo nuestros rostros, hacia el cielo, observándolo con perplejidad: Ahí está, el Olor, como una inmensa nube roja que ahora ha terminado de encapotar toda la ciudad imponente, contemplándonos desde arriba—; pero, por primera vez, ninguno de los dos sentimos miedo. De mi bolsillo derecho saco mi viejo cepillo de dientes, y amenazo —una vez más— hacia lo alto; la niña vuelve hacia mí su atención y le hace mucha gracia mi gesto. Me siento ridículo. «¡Qué tontería!», pienso, y luego sonreímos. Contemplo por última vez el viejo objeto, y lo dejo caer sobre una cesta de la basura, ubicada justo al lado del borde de la calle. Mientras contemplo la canasta con cierta nostalgia, unos dedos gélidos abren mi mano izquierda, para introducir dentro de esta unas flores de jazmín. La niña me sonríe y me dice que ahora son mías. «¿Puedes caminar?», le pregunto, observándola con una mirada paternal y fraterna. Ella asiente con una sonrisa tímida dibujada en su rostro. Le extiendo mi mano, ahora, con seguridad y sin temor alguno. Ella la toma, con agradecimiento y con cierta emoción. Y así, comenzamos a andar, con rumbo de vuelta hacia aquel árbol de manzanas, y su contiguo arbusto de jazmines blancos y amarillos, guiados por aquel dulce e hipnotizante olor.

Un comentario en ““El olor” por Nelson Vera

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