«Stranger Things: cosmologías del terror neoliberal y prácticas del cuidado mutuo»
A propósito del cierre de la exitosa serie Stranger Things, más allá de su dimensión cultural y de entretenimiento, la serie nos recuerda que la nostalgia puede tener varias dimensiones: por un lado, un recurso susceptible de explotación comercial por grandes plataformas; por otro, un motor de vínculo afectivo genuino, que conecta generaciones, sentimientos y memorias compartidas. Esta tensión entre lo mercantilizado y lo afectivo es central para entender cómo la serie ha acompañado a sus espectadores durante casi una década, funcionando como un dispositivo serial prolongado que sedimenta miedos, afectos y recuerdos en clave (inter)generacional.
Desde este ángulo, la serie activa un archivo afectivo de los años ochenta, reconocible para quienes crecimos en esa época. No se trata de una nostalgia enlatada, sino de un vínculo emocional con diversas referencias culturales que marcaron nuestra infancia y adolescencia: la literatura de ciencia ficción y horror de H.P. Lovecraft y Stephen King; las reverberaciones cinematográficas en filmes como Alien; la imaginación lúdica de Dungeons & Dragons; animes de ciencia ficción y poderes sobrenaturales como Akira; el cine de Steven Spielberg y John Carpenter; y el horror surreal e inexplicable de David Lynch, todo atravesado por sintetizadores analógicos, minimalismo electrónico, rock duro y pop oscuro, junto a un soundtrack memorable que culmina con la “heroica” canción insignia de David Bowie, golpeándonos de lleno a quienes crecimos bajo esta constelación cultural que circulaba a través de diversos medios.
Más que una evocación puntual del pasado, la serie funciona como acompañamiento temporal: algo que creció con sus espectadores y dejó filtrar un resto afectivo no del todo controlable. Este excedente, más allá de la nostalgia gestionada por la plataforma, constituye su potencia crítica y su relevancia cultural y política: no solo lo que se muestra explícitamente importa, sino lo que se filtra como grieta sensible y ontológica, desbordando cualquier intento de museificación del pasado.
Stranger Things puede leerse como una alegoría del trauma reprimido y su contagio afectivo en el contexto del neoliberalismo temprano de los años ochenta, cuando la Guerra Fría, la pedagogía del silencio y la promesa de un Estado fuerte pero no cuidador produjeron subjetividades aisladas, vulnerables y culpabilizadas.
El “bully” —figura encarnada en Vecna— no es el origen del mal, sino su vector: un sujeto atravesado por un pasado perturbador que convierte su dolor no elaborado en voluntad de control, manipulando y colonizando a otros cuerpos igualmente fracturados. El Upside Down no es un exterior radical, sino una capa latente de lo real que se activa allí donde el miedo, la culpa y la imposibilidad de nombrar el trauma desde nuestras infancias hacen grieta.
En este sentido, la serie escenifica lo que Mark Fisher llamó “lo raro y lo espeluznante”: el retorno de aquello que el neoliberalismo quiso reprimir —afectos, fragilidades, duelos— y que vuelve no como abstracción, sino como atmósfera, contagio, asfixia y horror ontológico.
Frente a esa lógica de dominación, la historia articula una ética del cuidado que dialoga directamente con la idea de que no hay salvación heroica ni control tecnocientífico o militar posible, solo la práctica situada del vínculo, la amistad y la imaginación colectiva como tecnologías blandas de supervivencia. Como nos lo recuerda Ursula K Le Guin en su ensayo La teoría de la bolsa de la ficción, la épica se desplaza del héroe al tejido relacional que sostiene la vida.
Por tal ruta, Donna Haraway nos convoca a repensar que el monstruo no se extermina, se aprende a convivir y habitar tentacularmente con este. Así, el mundo deviene intrínsecamente extraño, híbrido y conflictivo, pero transformable desde alianzas improbables.
La serie se vuelve entonces una operación de duelo generacional: volver a la infancia no para idealizarla, sino para escuchar lo que no pudo decirse entonces, y poder atravesar —no dominar— los miedos reprimidos mediante el cuidado mutuo y el devenir colectivo.
El Upside Down no se conquista: se cruza juntos, con otros, haciendo del afecto una política y de la imaginación una forma de resistencia ontológica.
Reconocer los límites y sesgos comerciales de Stranger Things no implica reducir la serie a un simple dispositivo de gestión mercantilista de la nostalgia. Precisamente porque esta ficción opera dentro de las contradicciones del capitalismo cultural —y no fuera de ellas—, su potencia se juega en una zona ambigua: en lo que convoca sin poder clausurar, y en los afectos que activa sin lograr gobernar del todo. Su exhumación de fantasmas culturales puede ser circular, pero no es inocua, y su ética del cuidado puede ser íntima, pero no irrelevante.
En este marco, la serie propone un aprendizaje sobre cómo sostenerse colectivamente frente a lo, en principio y en apariencia, incomprensible. La ética del cuidado se traduce en la práctica de la amistad, la alianza, lo comunitario y la imaginación compartida. El duelo generacional no busca la solución heroica ni la redención mágica; pone el foco en la escucha activa, el acompañamiento mutuo y la construcción de redes afectivas capaces de atravesar los miedos y tensiones, aceptando la fragilidad de los procesos sin la ilusión de un final perfecto.
En un contexto histórico marcado por la erosión de lo colectivo, la privatización del malestar y la dificultad para imaginar futuros, Stranger Things reintroduce —de manera parcial y contradictoria— la experiencia de atravesar el miedo con otros. No propone soluciones estructurales ni utopías plenamente formadas, pero ensaya algo más modesto y no por ello menos significativo: una pedagogía afectiva del acompañamiento, del vínculo y del sostén mutuo frente a lo incomprensible (recordándonos otras historias significativas del cine de los 80’s, tipo «coming-of-age», como Stand by Me).
Así, la serie se convierte en un umbral sensible. Su valor no reside en ofrecer mundos y futuros completamente distintos, sino en mantener abierta la pregunta por ellos; no en clausurar el trauma generacional, sino en volverlo compartible; no en derrotar al monstruo —y lo que este representa simbólicamente—, sino en mostrar que ninguna vida ni ningún mundo se sostiene en silencio, soledad y sin cuidado mutuo.
Quizá imaginar otros mundos posibles hoy no implique inventar grandes utopías —como las que atravesaron y siguen insistiendo tras la Guerra Fría y sus ecos en nuestros países latinoamericanos—, sino aprender a sostenernos juntos en medio de lo ominoso de nuestros contextos históricos; a cuidar sin prometer salvación definitiva y a cruzar los territorios del miedo estructural de la tardomodernidad y del capitalismo acelerado como una práctica colectiva de resistencia y co-creación.
En ese gesto incompleto, frágil y tentacular, Stranger Things no ofrece un futuro alternativo asegurado, pero sí una disposición persistente: la de seguir insistiendo en mundos distintos desde el cuidado, el vínculo y la imaginación compartida, incluso cuando nuestro mundo contemporáneo en crisis parece haberse quedado sin porvenir.