Hotel mental

HOTEL MENTAL

Por: Jairo Andrade

La algarabía me saca del supermercado justo antes de que cierren las persianas metálicas, en previsión de la marcha nocturna que estuvo a punto de invadirlo. Pero ya no veo a Paula afuera, donde se supone debería estar, mientras yo conseguía unas cervezas para sobrellevar otra discusión pasajera.

   La marcha zombi de finales de octubre ha sido infiltrada por los estudiantes, en protesta por las privatizaciones. Zombis de todas las calañas y estudiantes indignados se agitan entre aullidos y coros de consignas bajo la luna llena. Paula tuvo que haber sido absorbida por el caudal, seguro luego voy a encontrarla, concentrada en lograr una toma. Me dejo llevar por la corriente, destapo una cerveza.

   Pequeños grupos zombis se hacen fotos y videos frente a las avenidas destripadas, la maquinaria de las obras funciona como telón de fondo. Las hileras de torres financieras, a ambos márgenes de la Séptima, observan incólmes. Una colegiala con la cabeza rebanada chatea por su teléfono inteligente, un gordo en descomposición arrastra su motosierra. Nunca Bogotá estuvo tan bella, jamás la vi tan sincera.

   De alguna manera empiezo a sentirme mejor. Qué apetitosa tontería, qué metáfora de nuestra crudeza, susurra mi zombi interno. Somos tan ellos que no logramos imitarlos, continúa, vagamos por ahí, torpes y ansiosos, padeciendo una infinita hambruna cerebral, mientras arrastramos la carne hacia un final borroso. Una vez comprendido esto cualquier día es bueno para morir, o al menos para perder del todo la cabeza, concluye.

   En eso, junto a las cercas de tela sintética de las obras, un oficial nazi enciende un dispositivo electrónico, algo como un pequeño lienzo luminoso. La nariz ganchuda, los mofletes hinchados y el ojo izquierdo caído me dicen que se trata de Goering, recién suicidado, personificado por un niño albino. A su lado, una vampiresa carente de brazos, apenas mayor que él, sonríe extasiada. Bonita pareja. Dónde estará Paula, debería tomarnos una foto. Goering le susurra a la chica y señala algo en el lienzo, luego ambos me miran muy interesados.

   —Una belleza de noche, ¿verdad? —me dice el niño zombi, mientras guarda su lienzo de imágenes.

   —Así es. Incluso la amenaza de lluvia desapareció. Y la luna se roba el show con total descaro.

   La vampiresa mutilada se estremece, sus ojos brillan de euforia.

   —¡Ah, las remotas noches de cielos delgados y gratuitos! —continúa el pequeño zombi con tono cínico—. No se respira con tanta facilidad en el futuro, ¿sabe?

   —¿De veras? Pensaría que jamás se ha podido respirar con tranquilidad en este planeta.

   —Considere esto: de donde venimos el oxígeno es un servicio público. Que genera factura, por supuesto. Precisemos que, numéricamente, nos separan algo más de quince siglos.

   La chica estornuda. Un colmillo sangriento se des- prende de su boca. En un movimiento de milésimas de segundo la mano enguantada de Goering lo atrapa antes de que toque el piso, para luego devolverlo en velocidad normal a su dueña.

   —Lo siento. Pesqué una alergia, no estoy acostumbrada a los caprichos del aire libre —explica ella después de ajustarlo en su sitio—. Continúen, por favor.

   —Pero caminemos. Intento dar con una amiga que perdí unas cuadras atrás. Quisiera que nos tomara una foto, seguro le gustará conocerlos.

   —Eso ya lo sabemos —asevera el nazi—. De hecho sabemos tanto de usted como usted mismo: estamos aquí gracias a una intervención en su campo mental. Pero en fin, caminemos.

   Respiro profundo y cabeceo hacia un hombro, como un boxeador ante la inminencia del primer campanazo. Los miro de reojo, ambos tan campantes.

   —Entonces… ¿me decían que vienen del siglo treinta y cinco, o algo por el estilo?

   —Un poco más allá, comprenderá que la exactitud en este tipo de situaciones es absolutamente desaconsejable. Solo podemos compartir información que pueda ser tomada como ficción.

   —Entiendo, no desean que los trogloditas del siglo veintiuno les arruinemos su maravilloso futuro.

   —Para un sujeto actual modificar nuestro futuro resulta tan improbable como para nosotros alterar el pasado, por ejemplo este presente. Sin embargo, toda visita contiene algún grado de disturbio. A mayor información aproximada, menos problemas.

   —Pura retórica. Usted podría resbalar en una cáscara de banano y, por decir algo, luxarse el meñique. En ese caso el pasado habría alterado prematuramente al futuro.

   El niño zombi se quita el quepis de oficial nazi y se rasca las sienes albinas.

   —Mey-Ling, ¿serías tan amable de darle la mano al señor Yáñez?

   La chica deja brotar un brazo de su hombro mutilado; alcanzo a oír un sutil chasquido.

   —Mey-Ling Suárez; es un placer conocerlo.

   La masa de su mano es sólida, aunque utópica. Al replegarse contra las costillas, el brazo desaparece de nuevo.

   —Sergio Jiménez —se presenta Goering, quitándose un guante. Su mano, por un instante, parece de corcho, pero al soltarla tengo la impresión de que era un polímero.

   —Como ve, somos solo un reflejo infundido en su psiquis —añade Mey-Lyng—. La tecnología que nos trajo responde al mismo viejo sueño de volar, que nunca nos dejará en paz.

   —De otro modo —continúa Sergio—, caeríamos en las trampas retóricas a las que tanto teme. Si usted viajara al pasado físicamente, podría tirar al piso una cáscara de banano en la que podría resbalar su tatarabuelo, con tan mala suerte que él muriera en el episodio. En ese caso usted jamás nacería, pero entonces tampoco podría haberlo asesinado con su dichosa cáscara de banano. A menos que su viaje fuera, por decir algo, imaginario. Nuestros pasos por esta avenida apenas tocan sus hemisferios cerebrales.

   —La charla amerita, pero supongo que las proyecciones mentales venidas del futuro no pueden beber cerveza —digo, y destapo otra lata.

   —Recuerde que está prohibido ofrecer bebidas embriagantes a menores de edad, señor Yáñez. En previsión, trajimos unas malteadas —responde Mey-Ling. Casi de inmediato aparecen sus brazos y las bebidas en sus manos, y le pasa una a Sergio. Huelen a fresas y chocolate. La multitud aúlla y se retuerce frente a las vidrieras de un centro comercial, más adelante otra avanzada de estudiantes pinta grafitis, encapuchados con suéteres y camisetas.

   —Ya que hemos agotado las formalidades, ¿podrían decirme a qué debemos el honor de su visita?

   —Ah, sí, estamos haciendo una escala —responde el chico—. Nuestro destino es la ciudad de Barranquilla, el 7 de junio de 1944, a las 9:20 pm. Entraremos por esas coordenadas a un mundo paralelo en el que los nazis criollos derrocan al presidente López Pumarejo.

   —Cabe aclarar que yo soy la viajera; Sergio es mi operador turístico.

   —Trabajo para una compañía de viajes incorpóreos —precisa Goering—, los viajes en físico pasaron a segundo plano, la mayoría prefiere una excursión temática a través de las rendijas de la Historia.

   —Entiendo. Usted opera un negocio turístico usando mi cabeza como escala. ¿No deberían pagarme algo por el alojamiento?

   —La experiencia no le está costando un peso, señor Yáñez. Y apuesto a que no la está pasando mal.

   Con el pitillo en la boca y una ceja enarcada, el niño sorbe su bebida. Una fracción de labio desciende lentamente por el pitillo. Paula, ¿cómo puedes estar perdiéndote esto? Tienes que hablar con ella, susurra mi zombi interno, puede pensar que todo te importa un bledo.

   —Necesito hacer una llamada, ¿tienen algún tipo de teléfono? Por ejemplo esa tela electrónica que guarda en el bolsillo…

   —Lo siento, esto es solo un mapa —me responde Sergio, y pone el lienzo sobre su mano para que lo examine—. Observe este nodo azul: es nuestro punto de origen. Los demás puntos apagados son posibles hoteles mentales emplazados en distintas épocas. Cabezas de sujetos, digamos, proclives a la ficción, con quienes podemos entrar en contacto sin caer en riesgo de alteraciones notables. Ofrecen la ventaja de que todas sus opiniones son tomadas por sus contemporáneos como entretenimiento.

   La pequeña superficie bidimensional contiene una profundidad infinita, apenas graficada por un efecto tridimensional casi hipnótico. Cada punto del tejido, cada fibra de cada hilo, podría descender sobre sí misma en una ampliación que se constituiría en perfecta réplica del Universo.

   —Y este punto naranja es usted, señor Yáñez. Bueno, su escenario mental —señala Mey Ling, quien ha optado por conservar ambos brazos—. Este punto verde, en cambio, es nuestro próximo anfitrión, un dirigente de Acción Militar Nacional Católica que vivió en Barranquilla, en 1943. Un costeño nazi que esperaba derrocar al presidente para favorecer los intereses de Hitler en Latinoamérica.

   Ya había leído sobre las conspiraciones de los nazis criollos durante la segunda guerra mundial, tan ingenuas como fallidas, que aspiraban a tomar el poder en Colombia. Mientras abundan en detalles históricos, la pareja parece tomar la consistencia del vidrio. Puedo verlos en el futuro, viviendo una pubertad perenne en la que gozan de todos las atributos de la adultez, hasta edades inverosímiles. Solo los detiene una muerte voluntaria, preparada con tanto detalle como un matrimonio de nuestros días.

   —¿Y se puede saber qué pretenden con su salto al universo hipotético de los victoriosos nazis criollos?

   —Mi cliente quiere vivir un divertimento histórico, ideado por ella misma, basado en la siguiente premisa: los  nazis  barranquilleros  derrocan  a  López  Pumarejo, por lo tanto Colombia se convierte en una nación nazi. Sin embargo, igual Hitler pierde la guerra. ¿Qué pasaría entonces?

   —Suena bien, es cierto, pero me parece que la actualidad no dista mucho de su premisa. Pueden quedarse y disfrutar a sus anchas de nuestra actual mascarada democrática. A propósito, ¿ustedes son colombianos?, ¿existe este país en el siglo treinta y cinco?

   Ambos sonríen, acompasados.

   —No hay división política en nuestros días, señor Yáñez. El Estado desapareció, absorbido por el mercado —explica Mey-Ling—. Sin voto, las decisiones se toman según consultas eventuales a través de una red ubicua. Un software administra el planeta y sus colonias satelitales. En otras palabras, el Estado es un robot informático, propiedad de una mega-corporación anónima. Algo que desde ya resulta fácil sospechar, ¿no le parece?

   Imagino a mis visitantes en el futuro, flotando límpidos sobre un campo de ingravidez, intentando sosegar el diario demonio de sus vidas. Elige un mundo paralelo en el que un simple periódico o una película cobren vida, interrumpe mi zombi interno. Selecciona un fondo de clavicordio para esa náusea en blanco y negro.

   —Tan fácil como concluir que ustedes son un ruido de fondo de mi percepción, amplificado por el azar. Me recuerdan ese silogismo apócrifo de Murakami: la ficción es imaginación y la imaginación es real, luego ¿la ficción es real?

   —Quizá todos estamos aquí tangencialmente, aunque el mar de los afectos y las trampas del lenguaje puedan probarnos lo contrario —prosigue la chica—. Quizá sigamos siendo solo sombras sobre las paredes de una caverna.

   —De todas formas, si me partiera un rayo o cayera en coma, ¿no perderían de inmediato la llave de su hotel mental?, ¿no volverían de golpe a su delicioso futuro?

   —Te lo dije, también es proclive al sabotaje —le indica Sergio y luego sigue conmigo—. Nuestra estadía se prolonga según la estabilidad del anfitrión. En su caso dura apenas un compás, que está a punto de cumplirse. Créame que sus opciones de lograr un colapso mental en los próximos tres minutos son muy escasas.

   —En cambio con nuestro siguiente huésped —engancha ella—, tenemos planeado pasar un par de semanas, teniendo en cuenta que está muy concentrado en el logro de sus propósitos. Tristemente, él irá a parar a una cárcel tras el fracaso de su intento golpista, mientras su versión paralela departe con nosotros en la recepción que celebra la llegada al poder del dictador Laureano Gómez.

   —Preferimos caminar por atajos ilusorios, señor Yáñez —complementa Sergio—, la realidad palmaria es tan aburrida como la muerte.

   —¿Puedo pedir una cortesía antes de que sigan con lo suyo?

   Los chicos comparten una mirada suspicaz. Un leve tic decora el ojo inhabilitado de Goering.

   —Me gustaría dar un vistazo a mi futuro inmediato. Me refiero al lineal, no a uno paralelo. ¿Podrían decirme, por ejemplo, qué sucederá en mis próximos treinta minutos, o qué me deparan los siguientes treinta días?

   —Creo que nuestro anfitrión en realidad lo que necesita es una prueba, Sergio.

   —Eso parece, querida. Pero esta vez seremos concesivos, se la daremos. ¿Qué te parece?

   —Que estoy de acuerdo.

   El chico le pasa a Mey-Ling su malteada de mentiras, pone de nuevo el lienzo electrónico en la palma de su mano y maniobra en su superficie con un dedo. Mi zombi interno sale de escena, definitivamente fastidiado, y se pierde entre sus colegas agrupados en el Parque Nacional, donde concluye la marcha.

   —Muy bien, señor Yáñez. Sabemos que en los próximos días escribirá un cuento sobre los sucesos de esta noche, dicho sea de paso, muy poco fiel a nuestro encuentro; y no es una crítica, solo sea leal a su zombi interno. También podemos decirle que viajará a Tokio, en misión ficcional, y que de regreso, al luxarse el dedo meñique jugando póker, se le ocurrirá algo con lo que podrá escribir una novela. Sin embargo no la terminará, entre otras cosas, porque su dedo meñique se volverá definitivamente en contra suya.

   —Y en cuanto a Paula —interviene Mey-Ling—, en unos minutos la encontrará, pero no estará dedicada a tomar fotos. En unos días dejará de verla y no se va a sentir mejor. Lo siento, me encantan las malas noticias.

   Luego me aclaran que todas estas posibilidades aparecen en su mapa, pero que no son gitanos adivinos del pasado ni pretenden serlo. Me advierten que todo lo predicho simplemente podría no ocurrir, puesto que su dispositivo es cartográfico, no histórico.

   —El desorden es la columna vertebral de la realidad —sentencia el niño nazi.

   —Todo se lo debemos al caos —ratifica la vampiresa. Los chicos botan sus vasos de malteada en una canasta de basura, se despiden y se pierden entre la multitud zombi agolpada en el parque. Queda un leve olor a fresas y chocolate en el aire, aunque ya no haya vasos en la canasta. Los legionarios zombis se despojan de los harapos más incómodos, hacen a un lado su sangrienta utilería y toman bebidas carbonatadas o alcohólicas, comen perros calientes, papas fritas o hamburguesas, y bromean entre sí o chatean por sus teléfonos y tabletas, todo al tiempo.

   Encuentro a Paula junto a la estatua de Rafael Uribe Uribe, paladín y mártir. No está tomando fotos. Concentrada en responder un mensaje de texto, pasa inadvertida mi presencia. Sonríe mientras digita velozmente sobre la pantalla. Cada paso que doy hacia ella la aleja más de mí, como si el presente y el futuro revelaran una oposición elástica. La toco en el hombro, se sobresalta. Guarda el aparato en un bolsillo y se acerca para abrazarme, la típica expresión compungida en el rostro. Decido no contarle nada acerca de esta noche. Con su abrazo me basta. Tal vez escriba algo después, pienso, pero nada sobre la visita. Mejor la náusea en blanco y negro, susurra desde pasado mañana mi zombi de siempre. Y a continuación tengo la certeza de que no volveré a verla. La corazonada me proporciona un bienestar déspota, transitorio. Afuera, en cambio, empieza de nuevo a retorcerse el caos.

 

*El cuento Hotel mental hace parte del libro Cuenta regresiva y otros relatos, publicado por Resplandor Editorial en 2019.

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SOBRE EL AUTOR

Jairo Andrade: es autor de los libros Enemigos imaginarios, Cuenta regresiva y otros relatos, Cadáveres de papel y Puntos de fuga, con los que ha obtenido premios a nivel distrital y nacional en Colombia, y el premio internacional de narrativa UNAM – Siglo XXI Editores en México.

Ilustración: Lynda Evelyn