Gabo, ¿ufólogo zafado o cuerdo alquimista?

Por: Dr. Nuncajamás

Asisten a mi memoria los recuerdos de cuando mis viejos me llevaron a visitarle por última vez, antes de que partiéramos fuera del país. Ahí estaba él, esperándonos frente a su casa en su Macondo natal, pueblo extraño, atemporal y a la vez tan familiar, que fuera refundado por él mismo en vísperas de su cuadragésimo cumpleaños. Nos esperaba con una inmensa sonrisa —lo recuerdo muy bien—, y con un par de libros bajo el brazo: ‘Las crónicas marcianas’ de Ray Bradbury, y un viejo y misterioso tratado de alquimia medieval, que atrapaba mi inocente curiosidad.

   Han pasado treinta años desde entonces. Ahora estoy viajando rumbo a Macondo, comisionado para elaborar una crónica sobre el repentino aislamiento del Nobel, quien no ha querido socializar con nadie desde hace ya varios meses, y a quien sólo se le ha podido ver —según me han dicho algunas fuentes— durante ciertas noches estrelladas, frente a su casa mirando el cielo, como si fuera un niño ensimismado contemplándole durante largas horas. «¡Al viejo Gabo se le extraña mucho! (…) Antes de que decidiera perderse, sólo hablaba de ovnis…, que dizque éstos venían a visitarle, y que un día de estos llegaría su hora de partida. ¿Puedes creer esto, gringo?».

   Gabito quizás apenas se logre acordar de mí. Quizá ni siquiera desee hablar conmigo, como no lo ha hecho con nadie. Pero debo intentarlo. Será raro presentarme ahora como el afamado cronista Dr. Nuncajamás, y tanto más, si pienso que de pequeño me solía hablar con tanto cariño de sus cosas, como si de un hijo suyo se tratara: «Javiercito, vente pa’ acá, y estate atento cuando mires pa’ arriba, y presta atención a esas luces anaranjadas que tanto te fascinan… Ya verás qué con el tiempo algo va a pasar, hijo… ya lo verás…». Nunca entendí a qué quería referirse con ello, pero su tono amoroso me bastaba para escucharle con atención durante horas.  

   Son las cuatro de la tarde y el sol lacera inclementemente por fin al llegar a las puertas de Macondo. Hace un calor espantoso, típico de sus tardes veraniegas. La imagen del pueblo se me presenta como un inmenso y pintoresco cuadro, similar al que guardaba en mi cabeza, con la diferencia de que al pasar sus puertas, lo redibujan los rostros de decenas de niños que no dejan de correr tras de mí ofreciéndome —lo que otrora fuera la gran novedad— ‘limonada con hielo’. El insigne olor a guayaba de sus calles me comienza a impregnar la camisa y a evocar los mejores recuerdos yendo de casa en casa.

   Al llegar a la plaza central, por fin logro ponerme en contacto con uno de sus más entrañables amigos, Melquiades, un gitano errante que solía visitar al pueblo al menos una vez al año, pero que desde hacía una década había decidido instalarse allí, atendiendo su propia bodega de cacharros, en toda la esquina de la  plaza central.

   —¿Sabes algo de Gabo… de su reciente aislamiento… o de su presunta locura?

   —Es una pena que Gabito ande tan ido. Aunque ahora que lo pienso siempre lo he recordado un poco así. Hemos sido muy buenos amigos desde tiempos memorables, desde que le vendí aquella lupa gigante que llamaban telescopio y aquel laboratorio de alquimia para crear realidades con poemas (…) Siempre me hizo gracia escuchar sus locuras: sus observaciones astronómicas y aquellas «luces anaranjadas en el cielo» que decía sólo él podía ver desde aquellos días de la llegada del hombre a la luna (…) Pero ahora creo que lo decidió finalmente: esperar y esperar hasta que alguna flota del espacio venga a recogerle.

   Pasadas un par de horas, y el sol ya ocultándose, el viejo con un gesto me señala a lo lejos una casa con una luz titilante. Debe ser la casa de Gabito, intuyo. Me despido y comienzo a acercarme. Una silueta comienza a salir por la puerta principal, muy despacio y sigilosa, como sincronizándose con la precipitación de la noche. Me acerco un poco más y le veo allí, acomodándose en una mecedora, luciendo una guayabera blanca con una flor amarilla sujeta en su bolsillo derecho.  Sigo aproximándome precavido para no interrumpir el ritual de acomodación del gran prócer de estas tierras; pero, para mi sorpresa y a pocos metros de distancia, vuelve su mirada hacia mí de forma intempestiva, y como un brujo adivino y con una sonrisa tierna esbozada en su rostro, me desarma tomando ventaja: «Javier Nuncajamás, ya era hora, niño… que te andaba esperando… ¡Vente pa’ acá!». Atónito y en estado de conmoción, lo miro a sus ojos y sin pensarlo dos veces me abalanzo con un gran salto hacia sus pies, y de rodillas —como el niño de aquellas épocas— inclino la cabeza, junto las manos y le saludo pidiéndole la bendición. «¡Que Dios te bendiga, Javiercito». Es como si nunca, nunca, hubiera pasado el tiempo. ¡En Macondo nunca pasa el tiempo!

   —¡Mi adorado Gabito! —digo exaltado y estrechándole sus manos—, pero cuánta alegría saberte bien; pensé estabas enfermo… de… ya sabes… el pueblo rumora cosas —termino de decirle, mientras me siento a su lado para observarle con devoción.

   —¡Ya sé a qué viniste, muchacho!, pero primero escucha —se acerca y me susurra al oído—: ¡No estamos solos! —Luego se vuelve y asoma su mirada por su telescopio, contemplando por un momento el cielo y luego pasándome el artefacto—.  Toma, observa por ti mismo… ¡Ah!, pero espera… antes debemos celebrar por tu regreso… y mejor que sigas sin preguntar na’ que… ya deberías saberlo… !aquí en Macondo es de mal gusto preguntar por la lógica de las cosas, niño!

   Desde su mecedora, y de un solo balanceo agarra un extraño vaso de madera que reposa sobre el suelo, bebe de éste, y a continuación me lo larga. Observo el vaso y advierto que tiene unas diminutas mariposas amarillas dibujadas a su alrededor y, en su interior, un té de hierbas vertido con unas flores amarillas flotando sobre su superficie. Bebo sin reparo casi hasta el fondo, y asiento con la cabeza para indicar lo delicioso que está.

   —Ahora sí, toma —me acerca el telescopio—.  Mira, ¿las puedes ver? Toma nota muchacho, que ya saldrán las preguntas correctas… ¡si es que las hay!  

    —¿Qué, Gabito… qué debería estar viendo? —le pregunto mientras aguzo la mirada.

   —¡Son las mariposas, Javiercito!, esas luces naranjas que ves en el firmamento y de las que tanto he hablado todos estos años de vivir para contarlo, son eso: las mismísimas mariposas amarillas que nos saludan en nuestros patios. ¡Nadie quiere creer!: seres de universos remotos que nos visitan de paso en su largo viaje cósmico, aunque sólo nos miren como nosotros solemos ver a las gallinas. ¡No estamos solos, muchacho, nunca lo hemos estado!, a pesar de la soledad y al olvido a los que como estirpe hemos estado condenados.

   Al escuchar estas últimas palabras, advierto que mi visión comienza a transformarse. ¡No puedo creerlo! No sé cómo describirlo, ni mucho menos cómo documentarlo. Ya nada de esto importa. ¡Lo voy comprendiendo poco a poco! Ya no se trata de la presunta locura de Gabo, ni mucho menos de un vulgar titular de prensa; sino de que Gabo… Gabito… ¡Siempre tuvo la razón! ¡Magia!, veo luces anaranjadas descendiendo del cielo, como diminutos ovnis precipitándose a la velocidad de la lluvia en forma de flores amarillas, y de repente y como por un acto de brujería alquímica, ahora convertidas en arreboles de mariposas aurinegras, danzando de forma pueril a nuestro alrededor. ¡Lo puedo jurar!, esto es magia pura… ¿Y… Gabito? ¡Ahora lo puedo ver claro!: ¡Gabo nunca estuvo zafado!, sólo esperando que llegara el momento de su abducción, de vuelta hacia su mágico universo amarillo.

RELATO POR: Nelson Vera.

ILUSTRACIÓN: Lynda Evelyn.